Colombia vivió un proceso plebiscitario que le dio connotación democrática al proceso de negociación y acuerdos llevado adelante por años por el Gobierno y las Farc
Ahmed Sleiman
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Al pasado 2 de octubre podremos calificarlo como el día de la voluntad de paz, más allá de definir que es una derrota de los firmantes y un éxito de los propulsores del No. Colombia vivió un proceso plebiscitario que le dio connotación democrática al proceso de negociación y acuerdos, que no culmina con una firma, y la disposición de un escenario en Cartagena, sino en la implementación de los acuerdos, para la inserción de la guerrilla más antigua del continente en el arte de la política que, según Carl Von Clausewits, es el arte de la guerra por otros medios. Llamar a un plebiscito cuyo resultado ha sido una sorpresa para todos, incluso para los propulsores del No, y la inmediata respuesta de las Farc de continuar con la voluntad de paz y la reafirmación del gobierno de mantener el cese definitivo de hostilidades a pesar de los resultados, este último convocando a los actores políticos disidentes a sumarse a las opiniones en las negociaciones, abre un camino de posibilidad inmediata para integrar a actores que se han negado al proceso de paz, como en el caso el senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez; este plebiscito lo coloca como actor a él y a su movimiento en búsqueda de la paz.
La expresión de diferencia fue mínima, escasos 120.000 votos, y aunque siendo un plebiscito no vinculante, para todos los sectores involucrados, puede y debe robustecer la cohesión democrática en búsqueda de redefinir los acuerdos. Hay que reconocer que es la primera participación política de las Farc en el escenario político colombiano, hecho notorio que debe ser tomado en consideración, y recordar que la voluntad de paz pasa por la justicia ante los crímenes de las Farc y el Estado colombiano.