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Opinión 22/08/2020 8:00 am

El venezolano emigrante y su indefensión

David Uzcátegui

Dentro del rosario de penurias que debe enfrentar nuestro gentilicio por estos tiempos, hay una particularmente cruel: hablamos de los compatriotas que son víctimas de un delito en otro país.

La gran mayoría emprenden sus viajes con recursos limitados y sin mayores conocimientos del lugar de destino. Y cuando les toca una adversidad de este tipo, se encuentran en el más absoluto desamparo, literalmente abandonados a su suerte.

Queremos hundir el dedo en la llaga de este doloroso tema, a propósito de la estremecedora historia de la joven Stefany Flores, atracada y apuñalada en la vecina nación de Trinidad y Tobago.

Originaria de Delta Amacuro y con apenas 18 años de edad, esta hermosa muchacha ya había hecho una carrera en el modelaje, tanto en su tierra natal como en la capital venezolana.

Familiares y amigos dan fe de su participación temprana en concursos de belleza locales, de su trabajo en el área de protocolo de la gobernación deltana e incluso de su incursión en el programa matutino Portadas, de Venevisión. Incluso, ya había fundado años atrás su propia academia de modelaje, sin que esto la distrajera de sus estudios.

También sus allegados declaran que fue la situación del país lo que impulsó a su grupo familiar a emigrar a la isla, debido a su cercanía.

Allí siguió con su labor profesional, según varias publicaciones de sus redes sociales. Paralelamente, se dedicaba a vender empanadas para conseguir su sustento, actividad que adelantaba con sus padres y otros familiares que la acompañan en su nuevo lugar de residencia.

Sin embargo, la adversidad la embistió, cuando el pasado 11 de agosto solicitó los servicios de un taxi para llevarle llevar un recipiente con empanadas al puesto de venta de su mamá.

Los medios locales reseñaron que, según el relato de la víctima, aparte del conductor en el vehículo había otros dos hombres. A mitad de camino le vendaron los ojos y la atacaron. ​

La venezolana fue apuñalada repetidamente, incluyendo en el cuello y en un ojo, y fue abandonada en un camino. Stefany habría fingido estar muerta para que dejaran de agredirla.

La encontraron pasajeros de un transporte público a un costado de la carretera M2 Ring Road. El conductor dijo que llamaron a los servicios de emergencia, que la asistieron y trasladaron al Hospital General de San Fernando, donde estuvo en una condición crítica, que afortunadamente ya superó.

Stefany sufrió varias heridas en el rostro y corre el riesgo de perder uno de sus ojos. Se llegó a especular que habían abusado de ella; pero esta versión ha sido posteriormente desmentida, supuestamente basándose en su propio testimonio.

Afortunadamente ha recibido atención médica, pero sus familiares han pedido apoyo para cubrir los gastos relacionados. También, por suerte, las autoridades trinitarias se han movilizado y al momento de cerrar esta nota se conocía de la captura de dos de los tres sospechosos. El suceso conmovió a nuestro país y ha sido internacionalmente condenado.

Pero, sobre todo, abre una sensible discusión sobre el infortunio que debe enfrentar nuestra gente en terceros países cuando es objeto de la delincuencia.

Es estar en las más absolutas condiciones de vulnerabilidad de un ser humano y para colmo en tierra extraña. Es enfrentar un suceso extremo sin tener el apoyo familiar, la cercanía de amigos, con desconocimiento del sistema o del idioma.

Muchos no cuentan con seguro de salud, por desconocimiento o por no tener los recursos necesarios para pagarlo; y no siempre existe la sanidad pública o al menos no siempre es accesible para un extranjero.

Sobre nuestros emigrantes que enfrentan esta desgracia se echa un peso adicional cuando están menos preparados para enfrentarlo. Y también hay que tomar en cuenta el trauma, sumado al impacto emocional que de por sí la emigración deja. Las secuelas psicológicas serán sin duda largas y complejas.

Si bien y afortunadamente, diversas autoridades nacionales han reaccionado en el caso de Stefany, lo cierto es que el horror ya le aconteció y la dejará marcada. Como también es verdad que son numerosos los casos conocidos de quienes han sufrido infortunios similares.

Quizá sea un ejercicio inútil, pero no nos queda más que decir que lo deseable sería que los jóvenes venezolanos no tuvieran que irse. Que la aridez estéril de un proyecto político equivocado y terco no nos hubiera dejado sin esperanzas ni futuro. Que se pudieran quedar en un país próspero y seguro. Que inventaran y soñaran aquí, que no tuvieran que salir a sobrevivir y exponerse en latitudes extrañas, donde son blanco fácil de cualquier peligro.

Al ver la mirada de Stefany en las numerosas fotos de su rostro que circulan por internet, se siente más pesado que nunca el error monumental de dos décadas.

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